Lejos de dejarnos indiferentes, cualquier cosa que genere misterio en nosotros termina por atraernos. Incluidas las personas. Caracteres opuestos o formas diferentes de ver la vida acaban seduciéndonos profundamente precisamente por ser ideas desconocidas para nosotros.

Al principio nos gustan y podemos llegar a verlas incluso como rasgos que nos complementan y enriquecen nuestra visión de la vida. Sin embargo, los valores de cada miembro de la pareja suelen ser diferentes entre sí muy frecuentemente. La pregunta es: ¿afecta esto a una relación de manera positiva o negativa? ¿esa atracción por lo diferente es sostenible en el tiempo o acaba desquiciando y resquebrajando la relación?

Lo cierto es que si cada persona es única, cada relación es un mundo en el que todo es posible. Hay relaciones compuestas por personas que llevarán juntas más o menos tiempo y que poco tienen que ver la una con la otra en cuanto a formas de ver las cosas. Sin embargo, una persona ordenada, metódica y que se siente cómoda en la rutina es muy probable que no encaje con un carácter desordenado, espontáneo y anárquico. Al final, esta serie de discrepancias en cuanto a pensamientos y maneras de actuar acabarán pasándole factura a la relación y desgastándola.

Por otro lado, es lógico pensar que las personas con gustos y aficiones similares estén más unidas precisamente por pasar más tiempo juntos compartiendo cosas que les gustan a ambos. Además, los valores que comparten les permiten entenderse con mayor facilidad y enfrentarse a la vida juntos de una forma similar.

Por eso, todo parece apuntar a que no basta con que dos personas se atraigan por sus diferentes formas de ver el mundo a la hora de poder mantener una relación en el tiempo. La atracción es básica, desde luego, pero no es suficiente.

Y tú, ¿alguna vez has tenido una relación con alguien totalmente opuesto a ti?